En esta esquina de la casa no llueve, no hace frio ni tampoco hay pingüinos.
La chica rubia de labios de fresa se acurruca en el sofá, con mil batallas, para ver su serie favorita. Tomamos un té para acelerar el pulso y unas galletas de chocolate nos acompañan en esta tarde famélica y nevada.
El acelerador de los coches helados suena en la calle, el ruido se funde con el soniquete de la caldera, un goteo incómodo que suena a tortura china.
Al cabo de unos minutos el ruido desaparece como desaparece mi insomnio.
Estoy aquí, a tu lado. Estoy aquí como en casa.